miércoles, 16 de mayo de 2007

LOS HOMBRES QUE NO. 03 Fernando

Lo conocí en la premiación del Concurso de Cuento Gay, y la verdad es que al momento de verlo no me fue indiferente, pero tampoco me gustó tanto como para hablarle yo a él. En el coctel después de la ceremonia, se acercó y me preguntó algo, seguramente acerca del concurso. Él había participado con un cuento que no tenía ni la más remota posibilidad de ganar: mal escrito y con errores de ortografía, que se limitaba a consignar una anécdota pero de literario nada.
Conversamos un poco y se despidió pronto, porque era tarde y tal vez no alcanzaría transporte público. Conseguí que me diera su correo electrónico y tras intercambiar un par de mensajes comenzamos a salir. En la primera cita me alarmé al verlo esperándome en la esquina que habíamos pactado: se veía mucho más joven de la edad que dijo tener. Él también me miró y un poco sorprendido me confesó que yo me veía diferente. ¿Diferente? ¿Para bien o para mal? le pregunté. No sé, nomás diferente, fue su respuesta cautelosa.
Y comenzamos a salir. Pero desde el primer momento, el trato no fue tan fluido como debería haber sido entre dos hombres que se acaban de conocer, y (se supone) se gustan. Aventuro a enunciar las razones que nos tenían allí a ambos: yo, porque no podía dejar escapar la oportunidad de salir con un chavo de 18 años; Fernando, porque no se había encontrado hasta el momento alguien más “apropiado” para él. Y por supuesto muy pronto le encontré defectos. Por ejemplo que en su manera de hablar reunía dos acentos que me molestan de manera particular: lo fresa y lo chilango. En una ocasión que le estaba hablando con familiaridad de cierta zona de la ciudad, me detuvo y me dijo que no la conocía, porque “pues no soy uno de ustedes”. La aclaración me dejó perplejo. ¿No era uno de “ustedes”, o sea “nosotros”? ¿Y quiénes éramos nosotros? Lo que trataba de dejar muy en claro, era que él no era tapatío (es decir, nativo de Guadalajara) sino nacido en el Distrito Federal. Y no tenía porque conocer toda la ciudad. Y a decir verdad (eso lo supuse yo), ni le interesaba.
Además Fernando fue muy mala inversión, aún en el poco tiempo que salimos. Yo gastaba mucho dinero en él, y no me lo cogí siquiera una sola vez. Le decía “ya es tiempo de que estemos un rato a solas (vaya eufemismo) no crees?”. Y él solamente reía y reía y reía, sin fijar una fecha. A mis amigos nunca les conté de las maneras en que él sutilmente me estaba pasando la factura por gozar de su compañía, porque de pendejo no me hubieran bajado. Aunque de todas maneras me di cuenta pronto de eso y preferí ignorarlas. Por ejemplo, asistía a uno de los gimnasios más caros de la ciudad, pero no tenía cien pesos para cargar su celular. Me decía que no me hablaba porque no tenía crédito su teléfono ni dinero para comprarse tiempo aire. Por supuesto que yo no esperaba que él pagara la cuenta del restaurante, pero de cualquier manera era encajoso. Una vez le dije que iría al cine con mi amigo Efraín y al salir de la función allí estaba afuera esperándome, él y dos primas que habían venido de visita. Sugerí que fuéramos a un lugar a tomar algo y me comentó en secreto que mejor no, porque ellos no traían dinero. Y obviamente, como no quise parecer tacaño frente a sus primas, le dije que no había problema por eso. Fuimos y pagué las varias cervezas de los tres. Hasta le di dinero para el taxi de regreso, porque claro, ya era tarde y no podían regresar en autobús.
Pero el hecho que me decidió dejar por la paz esa “relación” fue algo muy distinto. Fernando no sabía que quería hacer de su vida. Estaba consciente de que tenía que estudiar algo, pero a todo le encontraba inconvenientes. Quién sabe debido a qué razones, un día me dijo que entraría a la licenciatura en Letras. Dudé de que tuviera la más mínima vocación para eso, en vez de decírselo le di ánimos por supuesto. Hasta me agradó que se hubiera decidido por un área artística, afín de alguna manera a lo que hago yo. La gota que colmó el vaso fue su llamada de la noche anterior a su primer día de clases. Con voz alterada me dijo que estaba preocupado. El motivo de su turbación (aventuré) era tal vez la incertidumbre de poderse adaptar a las clases, de tener buenos maestros, de saber si tendría compañeros simpáticos, qué sé yo. Pero no. La preocupación que le carcomía las entrañas era no poder decidirse por cuál ropa llevarse ese primer día de clases.
Dejé de llamarle por teléfono, y él, como no se iba a rebajar a rogarle a alguien inferior que no se merecía su amor, hizo lo mismo. Un día me lo encontré en su escuela, casualmente yo había ido por algo relacionado con la Universidad. Íbamos saliendo los dos. Lo acompañé a su autobús, le pedí disculpas por haberme desaparecido. De lo más tranquilo me dijo que no era necesario, que las cosas por algo pasaban.

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